El orden vertical y el horizontal: una libre elección

Cada vez que tengo ocasión de sumergirme en el ambiente de la naturaleza salvaje, percibo con claridad hasta qué punto pertenezco a ella o, mejor dicho, soy una con ella. Contemplarla, vacía de cualquier otra intención, me conecta con el lenguaje simbólico con el que se expresa. Me arrebata el alma la plenitud de su silencio, el incesante movimiento que convive con la estática solidez de su presencia. Me maravilla recorrer una y otra vez sus caminos y que su magnificencia siga conmoviéndome con la misma pureza de la primera vez. No veo opuestos cuando contemplo la naturaleza, sólo integración en armonía, equilibrio, proporción, unidad, en definitiva.

Me rindo ante la grandeza de esta inteligencia ordenadora que es capaz por sí misma de renovar y regenerar la vida a cada instante. Los ciclos de vida, muerte, vida se suceden y alternan indefinidamente bajo su atenta mirada, sin solución de continuidad, manteniendo permanentemente estable la integridad del conjunto.

Nunca he visto en la naturaleza salvaje un paisaje, sea cual sea su extensión, en el que crezca un solo tipo de planta o que esté habitado por una sola clase de insecto, ave o animal o incluso que su suelo esté compuesto por un único tipo de mineral. Cada ecosistema convoca su propia biodiversidad manteniendo inalterable la justa proporción entre las diferentes especies que lo conforman. El orden inteligente que rige el devenir de los diferentes ecosistemas se mantiene gracias a la inteligencia del vínculo; todo lo que crece y prospera en ellos lo hace previamente vinculado entre sí y con el ambiente. La afinidad o compatibilidad hermana las especies entre sí. No crecen cactus en los bosques húmedos, ni árboles frutales en las altas cumbres.

Esta observación me inspira proporcionándome analogías interesantes que me ayudan a comprender. La humanidad, siendo una en esencia, es múltiple y diversa en su forma de manifestarse, como ocurre en los otros tres reinos que la preceden: mineral, vegetal y animal. No en vano somos naturaleza; compartimos con ella una misma y única esencia y, en ella, cada individuo es único e irrepetible, completo y perfecto en sí mismo. También es el único responsable de transformar el potencial esencial con el que nace a la vida, en capacidades o talentos bien diferenciados que le permitan reconocer, orientar o determinar, cuál es su particular función en el seno de la humanidad.

Pero la responsabilidad implica madurez y el ser humano está dotado de libre albedrío para escoger y decidir si quiere o no hacerse responsable de su propia vida. Parece obvio que el preciado don de la libertad ha sido, hasta el momento, mal comprendido y peor utilizado.

La inmersión en el proceso de progresiva globalización que estamos experimentando en estos últimos tiempos, está resultando terriblemente tóxica para la humanidad y amenaza nuestro futuro en el planeta. Nos debilita y esclaviza a un sistema creado artificialmente para servir a los intereses de poder de unos pocos. Les entregamos nuestra libertad de ser a cambio de la promesa de tener.

El poder de la jerarquía vertical, la que actúa de arriba abajo, pertenece a la forma de gobierno de la vieja humanidad. Este confinamiento a gran escala, del que apenas comenzamos a salir, nos ha proporcionado un espacio y un tiempo de silencio exterior muy oportuno para despertar y darnos cuenta de hasta qué punto respondemos de forma automática y condicionada a palabras como: obligación, prohibición, castigo o recompensa, sin ni siquiera cuestionarlas. La Verdad, en mayúsculas, no es un objeto de pertenencia ni un trofeo que alimenta el ego. En ella conviven en completa armonía la diferencia y la diversidad. Es análoga a un prisma que refleja la luz del conjunto de sus diferentes caras; una sola cara no hace al prisma, como un pétalo no hace la margarita.

La nueva humanidad se gesta y madura en la fecunda matriz de la naturaleza salvaje y en ella encuentra su auténtico sentido de pertenencia. El individuo de la nueva humanidad se sabe parte del todo y responde a un orden jerárquico horizontal, basado en la inteligencia del vínculo, a la que me he referido en párrafos anteriores. El ego individual se disuelve en lo colectivo. Se suman de forma espontánea y natural diferentes capacidades y talentos, afines entre sí, y se proyectan hacia una misma dirección para crear, dar forma e identidad, a nuevas oportunidades evolutivas, de orden superior, que beneficien al conjunto de la humanidad.

Y de nuevo, agradecida, vuelvo mi mirada hacia la naturaleza y comprendo que el valor de saber quién soy es previo a la capacidad de establecer relaciones basadas en la afinidad, como ella nos propone. La imagen del ecosistema y su biodiversidad me acompaña para siempre y en todo momento.

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