A propósito del vínculo

A medida que el ser humano adquiere conciencia de quién es, comprende al mismo tiempo de dónde viene; descubre los miedos, anhelos o necesidades afectivas o de cualquier otra índole, que han ido moldeando su identidad aparente: su forma de estar en el mundo, de entender la vida y de relacionarse consigo mismo, con el otro y con el entorno.

De la mano de la conciencia, descubrimos cómo opera nuestra mente humana y es entonces cuando podemos abandonar, si así lo queremos, la cómoda autopista de las conductas automáticas basadas en el “pensar consensuado” y huérfanas del “propio sentir”.

Cuando nos aventuramos por rutas desconocidas, todos nuestros sentidos se avivan para captar la más mínima señal de que vamos en la dirección que queremos ir; no hay lugar para las distracciones. A medida que avanzamos, dejamos atrás multitud de ataduras, ya sean heredadas o adquiridas y viajamos cada vez con menos equipaje. Algunos de los nudos más resistentes son los que nos atan al deseo del otro. Cuando la conciencia los va aflojando, adquirimos distancia suficiente para darnos cuenta de hasta qué punto lo sobrecargamos considerándolo como el pilar indispensable para nuestra supervivencia o el hacedor de nuestros más íntimos deseos, el talismán que alejará nuestros miedos o el gran culpable de nuestras frustraciones, dificultades y carencias.

Esto precisamente fue lo que descubrió una mujer, Caterina, de unos cincuenta y pico de años que quiso conocer y comprender el porqué de su permanente insatisfacción afectiva y su profunda desvalorización. Se casó joven, justo después de terminar los estudios de enfermería y fue madre de 3 hijos. La carencia a muchos niveles, no sólo el afectivo, fue su motor para iniciar esta investigación.

El estudio de su tipología, reveló el predominio del elemento agua. El agua, no sólo simboliza el perturbador mundo de las emociones, también es un elemento integrador que tolera mal la separación y siente el impulso de “diluirse” en el otro en busca de identidad, seguridad y protección. El agua requiere de un “contenedor” que la haga visible y le permita ser reconocida y valorada por su entorno.

Caterina siempre obedeció al impulso de buscar ese “contenedor” fuera de sí misma, aunque nunca fue consciente de esta conducta. Aprendió a adaptarse al deseo de su pareja a cambio de una especie de “contrato de pertenencia”, implícito en la relación, que le daba seguridad. Sin embargo, este intercambio no era equitativo y le generaba frustración, desánimo y agotamiento. No conseguía entender el por qué, su generosa y “desinteresada” entrega, nunca era suficiente a la hora de ser reconocida y valorada por su familia. Se quejaba de estar dando siempre mucho más de lo que recibía y de que cuanto más daba, más desvalorizada se sentía. Desconocía la manera de poner límites a tanto dispendio sin poner en riesgo su salud y la solidez de su vínculo afectivo. El temor a la carencia, la soledad y el desarraigo, planeaban sin piedad por su mente en las largas horas de insomnio en las que fantaseaba con la separación.

Cuando predomina el elemento agua en un temperamento, el recurso más habitual para mantener el vínculo suele ser el victimismo (tristeza, depresión, fatiga, desmotivación, desvalorización, etcétera) y la carencia es un poderoso valor para retroalimentarlo. La tipología agua es por naturaleza generadora de hogar, cuida, nutre, busca el bienestar de las personas con las que se relaciona desde el afecto y la empatía (su profesión de enfermera le venía como anillo al dedo). Le cuesta encontrar sentido a su vida sin nadie con quien compartirla; se auto recrimina por no ser suficiente a cualquier nivel si no lo consigue. Por si fuera poco, en nuestra sociedad actual, estos valores no son precisamente los más apreciados. El éxito y el reconocimiento están actualmente focalizados en los temperamentos más competitivos, ambiciosos, hiperactivos y extrovertidos.

Siempre que se trabaja con las tipologías, hay que recordar que ninguna de ellas es en sí misma mejor o peor que las otras 3. Cada una tiene su lugar y su óptima función en el entramado de la vida. Cuestionar hasta disolver la falsa creencia de que “hay algo malo en mi”, es un punto de partida fundamental.

Caterina conoció la causa primera que alimentaba sus impulsos a la dependencia afectiva y que mantenía siempre activo el circuito cerrado de la desvalorización y la carencia. Observó, con atención y perseverancia, sus reacciones hasta conocer y comprender la riqueza y la intensidad de su mundo emocional, aprendió a escuchar su corazón poniendo límites a los deseos de los demás, sin provocar conflictos, dejó de juzgarse y de exigirse, cuestionó la base real de sus miedos hasta desmitificarlos y recuperó, al fin, el auténtico valor de sí misma.

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