El proceso alquímico conduce al conocimiento de quién eres tu en realidad

¿Quieres vivir en un mundo mejor? Empieza por vivir mejor en tu propio mundo.

¿Eres feliz? ¿Crees que tu felicidad depende del reconocimiento de los demás, de lo que tienes o de lo que has conseguido con tu esfuerzo, sacrificio y renuncia? ¿Eres de los que creen en la suerte o en la casualidad?

Ese tipo de felicidad, tiene que ver con una sensación placentera, siempre perecedera, que depende, no solo de que se mantengan las condiciones que han generado este bienestar, sino de que se multipliquen o cambien a otras más excitantes. Es una forma de evitar el efecto adaptación que desvaloriza lo conseguido una vez experimentado. La adicción al reto, a tener, a conseguir, a competir, es un buen ejemplo de ello. Obliga a quien la sufre a proyectar permanentemente su mente a un futuro indefinido para asegurar y potenciar aquello que cree que le aporta valor frente a sí mismo y frente a los demás.

Sin embargo, este tipo de conducta esconde o niega sistemáticamente algo desconocido e incómodo que pulsa con fuerza desde el interior. Quedarse a solas y en silencio con uno mismo, genera angustia y desasosiego; las pulsiones emergen como si de un grito desgarrador del alma se tratara, para poder ser escuchadas y atendidas.

¿Sientes dolor, miedo, tristeza, preocupación? ¿crees que hay un quién o un qué fuera de ti que es el responsable de que experimentes todas estas emociones y sentimientos? ¿Qué haces para convivir y sobrevivir a ellos?:

  • Huir o negar
  • Paralizarte o dudar
  • Luchar y atacar para defenderte
  • Ocultar o esconder

Estas cuatro grandes posibilidades dependen del elemento que predomine significativamente sobre los otros tres en tu particular punto de partida temperamental.

  • El predominio del elemento aire tiende a negar diluyéndose y distrayéndose en la vorágine de su entorno social.
  • El agua, siente tan intensamente sus emociones, que la desbordan paralizando su capacidad de acción y decisión. Busca con desesperación, en la sólida estructura “de la tierra del otro”, su salvavidas.
  • El fuego no quiere límites y menos emocionales, así que multiplicar su acción y su empeño, es su forma de luchar para no escuchar ni parar su movimiento.
  • La tierra evita por todos los medios que su mundo interior sea transparente a la mirada del otro porque es un fiel adepto a la “perfección” y no comparte su sufrimiento.

¡Despierta! Lo que haces tú con el grito de tu alma, es decir, desoírlo, es lo hace el conjunto de la humanidad; lo grande y lo pequeño, el fuera y el dentro, comparten una misma y única esencia. Hay países, ciudades, culturas, religiones, etcétera, que, en su conjunto, muestran unas características y comportamientos propios del predominio de uno de los cuatro elementos. Observa. ¿Qué sientes cuando ves estos comportamientos actuando impunemente fuera de ti? Quizás puedas darte cuenta de que reaccionas frente a ellos exigiendo a los demás que hagan lo que tú no puedes, sabes o quieres hacer o quizás te descubras queriendo imponer tu opinión, es decir, tu pequeña verdad, como la verdad única e irrevocable, para no tener que cuestionar tus acomodadas convicciones.

Y precisamente para no abandonar esta frágil comodidad, entre otras cosas, buscarás poder compensar tus carencias o tus excesos, a la hora de relacionarte o de construir tu entorno más íntimo y supuestamente incondicional. ¿Vas a hacer responsable “al otro” de tu individual proyecto de felicidad? Establecer vínculos basados en este tipo de juego de poder, no tiene que ver con el amor, cuya esencia es dar, sino con la dependencia, que tiene que ver con el recibir. De esta manera, si consigues ver tus necesidades colmadas, mantendrás la relación y, si no, quizás la abandones para encontrar otra que te mantenga anclado en tus posturas sin la incomodidad de hacerte cargo de tu propia vida, con todas sus consecuencias.

Así no vas a cambiar el mundo ni, por supuesto, tu mundo.  Porque la reciprocidad funciona así: según cómo te relaciones contigo mismo, te relacionarás con el mundo y viceversa. Inevitablemente, los excesos y las carencias que percibes o ignoras, fruto de tus aprendizajes, se van a ir proyectando inevitablemente en 3D sobre la totalidad de las experiencias cotidianas; si aprendiste culpa, traición, miedo, soledad, desvalorización, vas a ver cómo todas estas emociones y sentimientos insisten en reaparecer una y otra vez, camuflados entre tus vivencias y relaciones, como asignaturas no aprobadas que requieren continuos exámenes de repesca. Lo que experimentas en realidad, vuelve a ser de nuevo el grito de tu alma, esta vez no para ser escuchado, sino para ser visto. ¡Abre los ojos! ¡Adquiere conciencia! La repetición no es una casualidad, ni se trata de mala suerte, ni siquiera eres una víctima de un mundo que no te quiere ni te comprende; lo eres de tus propios aprendizajes ¡Eres responsable de ellos! Puedes desaprender lo aprendido, tu ser humano te lo permite. ¿Quieres? Empieza por asumir la responsabilidad de tu propia vida; no busques ni esperes que nada ni nadie fuera de ti alivie tu carga. Atrévete a cuestionar tus “verdades”, a hurgar en tus programas mentales; conócelos, compréndelos y acepta tu singular punto de partida sin condiciones. DESAFERRÁTE, nada ni nadie es imprescindible, ni siquiera tú. DESAPRENDE y “conócete a ti mismo” en tu verdadera esencia original; averigua de dónde vienes, dónde estás y hacia dónde vas.

Ese proceso se inicia con un despertar de tus potencias dormidas. Parte de lo que tu creías ser para ir hacia el conocimiento de quién eres en realidad. Es un PROCESO ALQUÍMICO de transformación y transmutación de tu plomo en tu oro. La materia bruta inicial (plomo), corresponde a ese personaje que fue tomando forma e identidad durante el proceso de tu educación, cargado con todo tipo de condicionamientos y ropajes psíquicos. Este es el caos que esconde en sí mismo el nuevo orden: la sabiduría, la fuerza y la belleza de tu pura esencia, tu oro, aquello que eres en realidad. Para liberarla, se requiere iniciar en ti, en tu atanor interno, un proceso semejante a una “digestión”, alimentado con el fuego moderado y permanente de la motivación sincera y honesta. No tiene que ver con tu mente, al contrario, ella suele ser un obstáculo a trascender. Observa y contempla cómo el proceso se va realizando en ti y experimentarás la culminación de la Gran Obra.

Si te identificas con tu ser esencial, eres libre, en el significado holístico del término, sin esfuerzo y con total naturalidad. Tu alma ocupa por fin el lugar que le corresponde como intermediaria y traductora simultánea entre el lenguaje del cielo y de la tierra. Estás conectado con el todo, formas parte del todo y eres el todo. Así es como contribuirás al cambio evolutivo en la humanidad, condición imprescindible para hacer del mundo un lugar mejor.

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