Tradición y autoconocimiento

Un punto de partida: El reencuentro con tu libertad de ser

Introducción: El juego de la vida.

 Para jugar al juego de la vida y, sobre todo, para disfrutar jugando, es importante conocer, comprender y aceptar las normas del juego. Las encontraremos inscritas en el gran libro de sabiduría que es la naturaleza, un libro escrito en el lenguaje universal del símbolo. Sus páginas están repletas de imágenes, sonidos, texturas, percepciones y sensaciones, que hay que aprender a descifrar.

El juego de la vida cuenta con cuatro casillas de salida diferentes, como en el parchís. Empezar desde una u otra no va a depender del azar. El individual punto de partida de cada cual, vendrá orientado o determinado genéticamente durante el periodo de formación y crecimiento embrionario.

Poco después de empezar el juego o quizás a medida que vayamos avanzando por el tablero, adquiriremos conciencia plena de los objetivos que soñamos alcanzar a lo largo de nuestro ciclo vital. Por supuesto contaremos para ello con la complicidad de nuestras habilidades y talentos, aquellos que vienen implícitos en el bagaje de nuestra existencia, para avanzar con más o menos visión, alegría y determinación hacia esta anhelada conquista. Los recursos que vayamos adquiriendo mientras jugamos van a ser también de gran ayuda, así como nuestra capacidad para acceder y conectar con la información que trasciende el plano de la mente y que reside en el mundo de las intuiciones, las ideas y las certezas. El hombre es un ser a mitad de camino entre el cielo y la tierra y, en sí mismo, los contiene a ambos.

¿Quieres saber qué puede ofrecerte la sabiduría de la tradición para conseguir asir con fuerza las riendas de tu vida y conducirla hacia la libertad de ser?

Te resumo a efectos didácticos, en 10 puntos, algunas condiciones necesarias para transitar por esta vía de conocimiento ancestral.

  • Haber adquirido conciencia de tu impulso por saber quiénes eres en realidad. ¿Por qué quieres saberlo? Si estás dispuesto a comprometerte con estos requisitos, seguimos adelante.
  • Abandona los automatismos implícitos en tu forma de pensar y de actuar. Primero tendrás que conocerlos, ser consciente de ellos. Practica la atención consciente.
  • Comprométete contigo mismo a abandonar cualquier forma de juicio sobre lo que vayas descubriendo al observarte.
  • Abandona cualquier deseo de comparación.
  • Abandona las expectativas de conseguir los objetivos de una determinada manera o en un determinado periodo de tiempo. Conocerse a sí mismo es un estilo de vida, no una carrera.
  • Abandona la vía del esfuerzo, no vas a ir más deprisa. Recupera la capacidad de la plena atención y observa y contempla.

Una vez has comprendido y aceptado abandonar este tipo de conductas automáticas, avanzamos hacia una nueva propuesta para ampliar tu conciencia.

¿Crees que todos somos iguales? Y si no lo somos, ¿De qué forma podemos conocer dónde residen los factores diferenciales? ¿Cómo conocer el valor de la diversidad?7.

  • La humanidad es una en esencia, pero múltiple y diversa a la hora de manifestarse. La tradición occidental nos ha transmitido el conocimiento de cuatro grandes tipologías que conviven en el seno de la humanidad. Para conocerlas y comprenderlas nos propone un modelo de observación completo y perfecto en sí mismo: la naturaleza
  • No te canses de observar, contemplar y aprender de la naturaleza. Ella te comunicará gustosa toda su sabiduría y podrás participar de sus misterios y secretos.
  • Aprovecha tu motivación para ir descubriendo todo lo que puedas acerca de las características y del comportamiento de cada una de las 4 tipologías: aire, agua, fuego y tierra.
  • El conocimiento tradicional, el que se adquiere observando la naturaleza, se transmitía inicialmente de maestros a alumnos, de padres a hijos, por la vía oral. Los cursos, charlas o talleres que te ofrezco, forman parte de la transmisión oral que practicaban nuestros ancestros. Son importantes, nos ayudan a profundizar hasta llegar a integrar el conocimiento y nos permiten recuperar o reencontrarnos con compañeros de viaje que conforman nuestra “familia de crecimiento”, no sólo para nuestra propia evolución sino para la evolución de la humanidad.

 

 

 

 

 

 

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